Nota Editorial

La semana pasada, los abogados matriculados en el Departamento Judicial Bahía Blanca, con mucho dolor, supimos del trágico accidente que en cercanías de la ciudad de Santa Rosa, costara la vida a nuestra colega la Dr. Ivana Mancuso y su marido. Y por ello, queremos acompañar en su pesar a sus deudos y allegados. El terrible accidente que causara la muerte de la Dra. Mancuso seguramente será investigado por las autoridades correspondientes, con lo que el Colegio de Abogados solo puede esperar y reclamar una rápida y justa resolución. Pero en esta oportunidad, cuando la tragedia tiene nombre y apellido de alguien cercano y conocido, respetado y apreciado, es necesario evaluar que este tipo de infortunios suceden de manera ininterrumpida en todas las calles, rutas y carreteras de la Nación. Sabemos que el factor humano tiene, cuando no, una incidencia clave en estos sucesos, y que la mejor manera de reducir su acaecimiento es la educación vial, la prevención y el culto a la seguridad conductiva. Que para llegar a los estándares de reducción de accidentes que se han logrado en otras naciones, la concientización de las personas es clave como herramienta de educación y formación de conductores, peatones, ciclistas y motociclistas. Pero también sabemos que eso solo no alcanza. Que las autoridades y agencias estatales tienen el deber y la obligación de encarar la seguridad vial como una política de estado, cuyo único fin es evitar desgracias. Que debe haber un cambio de mentalidad, tanto en los ciudadanos como en las autoridades. Los ciudadanos por su lado, deben extremar las precauciones, sujetando su desplazamiento en la vía pública a un estricto cumplimiento de las normas de tránsito. Y que tal apego a las reglas de seguridad (pues eso son las normas de tránsito), debe ser llevado a cabo no solo por los conductores del vehículo que sea, sino también por los peatones, deportistas, etc. A las autoridades el cambio de mentalidad que se les reclama, es más amplio. No sirve proclamar la seguridad vial, si las calles y caminos están plagadas de baches o mal señalizadas. No sirve proclamar la seguridad vial, si un agente de policía está impedido de hacer que los conductores respeten a los peatones en las esquinas. No sirve proclamar la seguridad vial, si un agente de tránsito se dedica a controlar el estacionamiento de combis, sin siquiera mirar a los escolares que no son respetados en la esquina por los autos que giran. No sirve proclamar la seguridad vial, si ante un bache gigante, los agentes de tránsito carecen del menor reflejo de advertir el obstáculo a los automovilistas, evitando desorden en el tránsito –y su consecuente riesgo para las personas-. No sirve proclamar la seguridad vial, si por más límites que se pongan en las carreteras, faltan rotondas, los cruces no están señalizados, y por sobre toda las cosas no hay controles efectivos del tránsito. Y distinguimos el concepto de controles efectivos, de aquellos estáticos y estadísticos a los que se han acostumbrado ciertas jurisdicciones. En suma, promediando la segunda década del Siglo XXI, instamos a las autoridades a cumplir su parte en la seguridad vial. Y reclamamos de nuestros conciudadanos, un mayor y más responsable apego a las reglas de tránsito

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